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Venerable Padre Julio María Matovelle Maldonado

Image by Aaron Burden

Se hizo cargo de él una mujer del pueblo, María Quinde, de Deleg, una región cercana a Cuenca, no ya inculta como la indiecita que lo acogió en Tanda Catú, sino criada en la casa de la señorita Isabel, que había estado desde antes al cuidado del niño, mujer de profunda piedad cristiana y de prácticas edificantes de vida, de quien con justicia puede decirse que fue la mejor cooperadora del brillante porvenir de Matovelle.  

 

El niño tenía alma de santo y de poeta. Para saciar sus anhelos la nodriza lo consagró al Purísimo Corazón de María, conforme a una tradición de su familia.

En una noche lluviosa del miércoles 8 de septiembre de 1852, en Cuenca, Ecuador, en el barrio de la Merced, a media cuadra de la Iglesia de este nombre, nació Julio María Matovelle. Su madre fue doña Juana Maldonado de San Juan, mujer de mucho orgullo, ostentaba título nobiliario concedido a sus antepasados por Carlos V, y por sangre se decía descendiente de la familia de Santo Domingo de Guzmán. 

 

Apenas el niño ve la luz del mundo y ya el dolor le persigue. Con tierno llanto mendiga en la calle el amor y cariño que le niega la madre, el ser más querido de la tierra. Para él es mentira esa madre cantada por los poetas que haya su paraíso en la cuna del recién nacido, que con él sufre, con él goza y en él cifra su dicha. 


Hacia 1876 doña Juana va al Perú y en unos ejercicios espirituales del futuro Obispo, el sacerdote franciscano José María Massia, se convierte, llora sus culpas y muere años más tarde en el Callao, cual otra María Magdalena.

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El ángel para el niño es su tía Carmen, ella recoge al niño. Lo alimenta con la leche de sus pechos, le da el abrigo que necesita y a los 8 días de nacido lo lleva al Sagrario, antigua iglesia de los Padres Jesuitas y sirviéndole de madrina lo hace bautizar con el nombre de José Julio por el presbítero Manuel Delgado. Los dolores han comenzado a perseguir a este niño desde la cuna; pero la Virgen de los Dolores va a comenzar también la obra de ampararlo y protegerlo, desde el momento en el que recibe la vida de gracia con las aguas regeneradoras del bautismo.

Los medios de subsistencia eran escasos para su pobreza, José Julio fue entregado a los tres meses a una india de Tanda Catú, lugar situado al Occidente de Cuenca. La india en la pobre choza prodigó al huérfano sus cuidados, pero con la tosquedad propia de su raza. Ante esta tan triste situación, la misma señora Carmen hizo traer al niño de nuevo a la ciudad y lo entregó a una sirvienta de la casa de Maldonado. La sirvienta era pobre, cargada de familia, vivía en continua reyerta y bajo los golpes y ultrajes de un brutal marido, aprendiz de albañil. La compasión de una señora Lasacota Landivar y de otras personas piadosas, que pidieron a la virtuosa señorita Isabel Matovelle Orellana, se hiciere cargo del niño, su sobrino. 


Y antes del año de nacido, la señorita Matovelle Orellana adoptó al niño por hijo y le prodigó cuidados de verdadera madre. Su primera diligencia fue darle un ambiente que fuese propicio a su crecimiento. Creía la señorita Matovelle Orellana con acierto, que la educación del niño comienza desde la cuna. A los 4 años lo llevó al templo de San Sebastián y ante el altar de nuestra Señora de las Nieves, que a José Julio nunca se le borrará del recuerdo, le hace conferir el sacramento de la Confirmación de manos del provisor y Vicario General de la Diócesis señor Mariano Veintimilla. Fue su padrino Don Pedro Nolasco Vivar, Cura de esa iglesia parroquial y se le puso por nombre María en recuerdo de la fecha de su nacimiento, 8 de septiembre, día de la Natividad de la Virgen María. 

En su obra titulada "Memorias Íntimas" escribe el P. Matovelle: "Tenía tres o cuatro años cuando hallé arrojado en el campo por donde todos pasaban un grabado hecho al humo y en el papel de 2 centímetros de alto, que presentaba al corazón de María con siete espadas. Fue esto la primera propiedad que tuve en mi vida, como si Dios hubiera querido significarme que el dolor sería mi herencia". 
El dolor era su herencia, pero el dolor cristiano, que se acepta con el alma rebosante de gratitud porque viene de las manos de Dios. 

Apenas ha cumplido un lustro, cuando muere su protectora, la señorita Isabel, y queda de nuevo en la orfandad expuesto a los duros rigores del mundo. "Esta muerte", dice "me sumió en el perpetuo mar de la amargura, la vida se me convirtió en verdadero destierro, soledad profunda y doloroso abandono".